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Me fui hace tiempo. Y no pienso volver

  • Foto del escritor: Angel Font
    Angel Font
  • 5 abr 2025
  • 26 min de lectura

Si tuviera que elegir una sola cosa que considero verdaderamente esencial en mi vida, una sola regla que me defina más allá de todo contexto, sería esta: ser honesto conmigo mismo. No como consigna ética. No como gesto noble. No como virtud decorativa. Sino como una necesidad profunda, radical, vital. He comprobado, con el tiempo, que cuando empiezo a mentirme —aunque sea en lo pequeño, aunque lo haga para protegerme o para proteger a otros— algo en mí se rompe. Algo empieza a morir. Y no puedo permitirme eso. No puedo pagar con mi integridad el precio de pertenecer, de ser comprendido, de ser aceptado. Hay un umbral que no quiero cruzar jamás: el de fingirme. El de acomodarme. El de transformarme en lo que se espera de mí.

Esa necesidad de verdad, llevada hasta sus últimas consecuencias, me ha alejado de casi todo lo que la mayoría considera importante. Me ha apartado de sistemas de creencia, de formas de vincularse, de relatos culturales compartidos, de lenguajes codificados. Me ha dejado solo muchas veces. Pero también me ha devuelto algo que no cambio por nada: la certeza de que lo que pienso, lo que siento y lo que digo están en el mismo lugar. Esa coherencia —aunque a veces duela, aunque a veces pese— es lo único que reconozco como libertad real. No tengo fe. No tengo esperanza. No tengo relatos reconfortantes. Pero tengo verdad. Y eso, para mí, es suficiente.

No escribo esto como quien lanza una queja. No es un grito de ayuda, ni una protesta, ni una búsqueda de complicidad. Es solo una afirmación. Un corte. Un cierre. Una forma de dejar constancia, en palabras precisas, de que ya no participo. De que he salido, sin escándalo, sin ceremonia, sin reconciliación.

Ser honesto conmigo mismo nunca fue una elección moral ni un acto heroico. Fue, simplemente, la consecuencia inevitable de una fractura interna que ya no podía sostener más máscaras. No me volví así. Siempre lo fui. Siempre estuve atravesado por la necesidad de comprender, de no fingir, de buscar debajo de lo evidente. Lo que cambió fue el nivel de contención. Durante años aprendí a sobrevivir dentro de lo que se considera tolerable. No porque me avergonzara de lo que soy, sino porque sabía que mostrarme completo —sin filtros, sin correcciones, sin suavizantes emocionales— tenía un costo. Así que me dosifiqué. Me mostré en partes: la inteligencia, la ironía, cierta empatía calculada, un poco de calidez, una cierta distancia emocional envuelta en encanto. No era una mentira, pero sí una versión administrada. Aprendí a ser funcional, a estar presente sin incomodar demasiado, a decir algunas verdades pero nunca las que realmente podían cambiar algo.

Y entonces, como un disparo certero que atraviesa toda idea de continuidad, murió mi madre. Y con ella murió también mi último punto de contención emocional real. No fue solo su ausencia física lo que me devastó: fue lo que representaba. Era el único lazo que me unía a una forma de amor que no exigía que fuera más amable, más comprensible, más llevadero. Con su muerte, lo supe sin necesidad de ponerlo en palabras: ya no tenía por qué seguir actuando. El mundo se me presentó como lo que era, sin maquillaje: caótico, arbitrario, indiferente. No podía volver a ser el de antes, porque ya no existía. Y en ese colapso, decidí hacer lo único que me quedaba: ser absolutamente fiel a lo que soy, aunque eso significara aislarme, ser visto como un monstruo o como un ser humano emocionalmente disfuncional. La muerte me dio la libertad de no fingir nunca más.

Desde ese momento, cada acto social, cada conversación llena de lugares comunes, cada vínculo basado en la repetición de roles, comenzó a resultarme insoportable. Me empecé a sentir un extranjero en medio de una sociedad que se sostiene en reglas implícitas profundamente hipócritas: no incomodes, no pienses demasiado, no digas lo que realmente sentís, no muestres tu dolor si no puede ser transformado en una enseñanza “positiva”. Empecé a observar con asombro y con una creciente distancia emocional la manera en que la mayoría se adapta sin cuestionar, se acomoda a lo que hay, elige no saber, no ver, no preguntarse. No me dolió que fueran así. Me dolió darme cuenta de que eso es lo que la mayoría quiere. Que la mediocridad no es una consecuencia, sino una elección activa. Una renuncia voluntaria a toda profundidad, a toda complejidad. Una forma de existencia basada en repetir lo aprendido, en sobrevivir sin nunca preguntarse si eso es vivir.

No hablo de la ignorancia como falta de acceso a la información. Hablo de la ignorancia voluntaria, esa que se practica como defensa, como identidad. Gente que repite lo que le dijeron, que se alinea con lo que se supone correcto, que se ofende con lo incómodo, no porque lo comprenda, sino porque amenaza su pequeña burbuja de sentido. La moral del ciudadano medio me resulta, en muchos casos, no solo superficial, sino peligrosa. Se basa en aparentar virtud, en jugar a la empatía mientras se rechaza todo lo que no encaje con el guion. Me desespera la autocomplacencia, la celebración de la mediocridad como madurez, esa especie de orgullo por vivir sin mirar demasiado profundo. Y lo que más me agota es ver cómo esa superficialidad no solo es tolerada, sino celebrada. Es la norma. La regla. El modelo a seguir.

Con el tiempo, desarrollé una misantropía que no es odio, sino hartazgo. No es un rechazo desde la superioridad, sino desde el desencanto. No espero nada de los demás. No busco aprobación ni conexión emocional que no sea radicalmente real. No quiero compartir espacios donde no se pueda decir la verdad, donde se espere de mí que juegue el juego de la armonía superficial. Prefiero el aislamiento a la traición interna. Prefiero la incomprensión a la falsificación de lo que siento o pienso. Y sí, eso me ha dejado solo muchas veces. Pero nunca más he estado en un lugar donde tenga que recortarme para caber. Y eso, incluso con su peso, es libertad.

Por debajo de todo esto hay una verdad aún más radical, más brutal, que lo atraviesa todo: el universo no es cruel, ni justo, ni bello. El universo no espera nada de nosotros. No responde. No recompensa. No castiga. No escucha. No observa. El universo es indiferente. Absoluta y radicalmente indiferente. Y esa indiferencia, por más dura que suene, es lo más honesto que he encontrado. Porque me quita la carga de tener que encontrar sentido en todo. Me libera de la idea de propósito universal. No tengo que entender por qué sucede lo que sucede. No hay justicia cósmica que equilibre las cosas. No hay una estructura secreta de significado esperando a ser revelada. Y es justamente esa falta de sentido lo que le da valor a lo que elijo. Porque si no hay propósito impuesto, entonces todo lo que yo decido hacer, pensar, sostener, se vuelve lo único verdaderamente mío.

La honestidad se volvió mi única brújula. No por principio moral, sino porque todo lo demás me resulta insoportable. No puedo fingir interés donde no lo hay. No puedo mantener vínculos donde no hay verdad. No puedo decir “estoy bien” si no lo estoy. No puedo responder con una sonrisa cuando tengo rabia o tristeza. No puedo, y no quiero. El precio de sostener un personaje es altísimo. Y yo ya pagué suficiente. Ser uno mismo, en un mundo que premia lo fácil, lo correcto, lo funcional, es un acto casi suicida. Pero es el único que me permite seguir vivo con dignidad.

Y en medio de ese proceso hubo un personaje —no importa su nombre— que reflejó lo que yo soy con una exactitud incómoda. No lo admiré. No lo idealicé. Me vi. Me dolió verlo. Me dolió reconocerme. Esa mente que no sabe apagar, esa ironía que defiende lo vulnerable, esa torpeza emocional, ese desprecio por la banalidad, esa ternura escondida en lo más profundo, como una cosa que da vergüenza mostrar. Me vi ahí y, por primera vez, no me sentí un error. Sentí que tal vez no soy el único. Que no estoy tan solo como parece.

Sigo sin encontrar mi lugar. Sigo sin encontrar demasiadas personas con las que pueda compartir sin limitarme. Pero ya no lo lamento. Ya no lo cambio. Porque he llegado a un punto donde no estoy dispuesto a volver a fingir por nadie. No busco comprensión. No busco integración. Busco coherencia. Busco paz. Y esa paz, aunque me haya costado el mundo, vale más que cualquier compañía superficial.

Si eso me vuelve un monstruo, entonces bienvenido sea. Prefiero ser un monstruo lúcido, complejo, emocionalmente torpe y libre, que un ciudadano adaptado que no sabe quién es cuando apaga el ruido.

La idea de redención, esa promesa de que al final todo dolor se equilibra, todo vacío se llena, todo se justifica si se aguanta lo suficiente… también la descarté. No porque haya perdido la esperanza, sino porque me niego a entregarme a ficciones diseñadas para soportar la vida en lugar de transformarla. He llegado a la conclusión de que algunas heridas no se cierran. Y no pasa nada. No todo se cura. No todo se supera. Hay cosas que simplemente se integran como parte del paisaje interno, como una cicatriz que no deja de arder con el frío o el recuerdo. La muerte de mi madre no me volvió más fuerte. Me quebró. Me quitó una parte de mí que no pienso reemplazar con frases hechas. Aprendí a vivir con ese vacío sin necesidad de llenarlo. Porque no todo lo que duele necesita solución. A veces lo único real que queda es habitar ese dolor con dignidad.

Me cansé de la espiritualidad de consuelo. De las ideas disfrazadas de profundidad que prometen trascendencia sin atravesar la realidad. Esa especie de espiritualidad low-cost que habla de aceptación, de fluir, de energía positiva, sin tocar jamás el núcleo del dolor humano. No quiero paz si viene del autoengaño. No quiero “evolucionar” si eso significa mirar hacia otro lado. La vida, tal como es, sin adornos ni explicaciones, me parece más sagrada que cualquier promesa de luz. No necesito creer que todo tiene un porqué para respetarlo. Puedo mirar la oscuridad sin pedirle lecciones. Puedo respetar la brutalidad de la existencia sin necesidad de suavizarla con metáforas. Hay belleza en aceptar que nada nos espera después, que lo único que tenemos es este fragmento de tiempo, este cuerpo que duele, este pensamiento que no se detiene, esta conciencia que a veces pesa más de lo que debería.

Y si el cuerpo es el único territorio en el que realmente existo, también ha sido campo de batalla. Porque no solo pensamos desde la mente: pensamos desde el cuerpo. Sentimos con él. Y también lo negamos. Lo usamos como instrumento de silencio, de control, de sometimiento a las normas. Se espera que nuestro cuerpo funcione, rinda, se vea de cierta manera, responda emocionalmente como se espera. El cuerpo está socialmente domesticado: no debe gritar, no debe temblar, no debe fallar. Pero yo no quiero habitar mi cuerpo como una máquina que produce ni como una vitrina que expone. Quiero habitarlo como un espacio real: con su peso, su cansancio, sus heridas, su memoria. Y eso también me vuelve extraño para quienes han aprendido a vivir separados de sí mismos, como si la vida fuera algo que ocurre en otro lugar.

Incluso la ternura ha sido deformada. Se la ha reducido a un gesto amable, a una palabra suave, a una mirada dulce. Pero la ternura real es mucho más feroz. La verdadera ternura es la que no huye cuando el otro está roto. Es la que se queda incluso cuando ya no hay nada que ofrecer. Es la que no exige sonrisas, ni calma, ni belleza. Es la ternura que acepta la rabia, la herida, el caos. Esa ternura casi no existe. Y por eso, la mayoría de los vínculos fracasan en cuanto aparece la verdad. Porque se espera del otro que sea estable, correcto, cómodo. Y yo no quiero dar ni recibir afecto desde esa condición. Si hay amor, que sea con todo. Que incluya la parte que no sabe amar bien. Que abrace también mi silencio, mi torpeza, mi dureza, mi necesidad de distancia. No quiero vínculos que solo se sostienen cuando soy fácil de querer.

Lo que el mundo llama humanidad muchas veces es apenas una costumbre colectiva. Un simulacro. Un pacto tácito de no molestar. Y yo ya no quiero formar parte de eso. Porque sé que hay otra forma de estar, aunque sea más difícil, más solitaria, más exigente. Una forma de estar donde se puede mirar a los ojos sin fingir. Donde se puede decir: “no sé amar bien, pero no quiero mentirte”. Donde no hace falta reducirse para sostener un diálogo. Donde el respeto no depende del acuerdo. Donde la verdad no espanta, sino que limpia. Aunque duela.

No quiero comprensión si tengo que explicarme desde un lenguaje que no es el mío. No quiero presencia si depende de que me acomode a lo que se espera. No quiero paz si tengo que negociar mi verdad para obtenerla. Me niego a formar parte del mercado de los afectos, donde se intercambian versiones simplificadas de uno mismo por compañía barata. Prefiero el vacío. Prefiero el margen. Prefiero el silencio que no exige performance.

Y por eso insisto: si por decir lo que pienso, por ser como soy, por negarme a actuar, por no encajar en las emociones esperadas, por elegir la lucidez sobre la comodidad, soy visto como alguien frío, duro, excesivo, “difícil” o incluso monstruoso, entonces acepto ese nombre sin resistencia. Prefiero ser el monstruo real que el ángel impostado. Prefiero ser el que incomoda antes que el que se calla. Prefiero ser el que mira fijo en lugar de desviar la mirada. Porque en esa incomodidad también hay verdad. Y si algo he aprendido en todo este proceso, es que la verdad —aunque incomode— es lo único que aún vale la pena defender.

Hay momentos en que también desconfío del lenguaje. No porque no pueda usarlo, sino porque sé demasiado bien cómo se deforma. Cómo lo transformamos en fachada. En instrumento. En máscara. El lenguaje debería ser un puente, pero se ha vuelto un filtro. Una herramienta de control emocional, de suavización de lo real. La mayoría no habla para decir algo verdadero. Habla para sostener una imagen, para evitar la incomodidad, para estabilizar una emoción. Hay un uso del lenguaje que ya no tolero: el que disfraza lo real con palabras amables, el que convierte la verdad en una paráfrasis inofensiva. No quiero frases redondas. No quiero oraciones de autoayuda. No quiero consuelos verbales. Me irrita la facilidad con la que las palabras se vacían de sentido mientras seguimos usándolas como si aún significaran algo. Se dice “empatía” y se ejecuta manipulación. Se dice “cuídate” cuando en realidad se quiere decir “no me incomodes”. Se dice “aquí estoy” pero lo que se ofrece es presencia superficial, vigilada, con condiciones. En algún punto, también eso me quebró: el lenguaje como decoración. Me interesa lo que se dice sin querer. El temblor en la voz. El silencio que no puede explicarse. La torpeza de decir algo cuando no se tienen las palabras adecuadas. Esas son las únicas formas de lenguaje que todavía respeto.

En la misma línea, hay una cultura de trauma que me resulta sospechosa. No niego el dolor. Lo conozco. Lo he vivido. Lo sigo viviendo. Pero me inquieta la manera en que hoy se convierte en una identidad, en una forma de pertenencia, en un argumento de autoridad emocional. Se ha construido un sistema simbólico donde sufrir te da estatus, te otorga legitimidad. El dolor se convierte en una bandera. Se narra, se monetiza, se estetiza. Se repite hasta que deja de doler y empieza a servir. Y eso me parece obsceno. Porque el dolor, cuando es real, no necesita ser exhibido para existir. No necesita justificación. No necesita relato. Hay dolores que simplemente no se pueden convertir en historia. Hay experiencias que no deben ser contadas si eso implica adaptarlas al formato de lo compartible. No quiero usar mi dolor como tarjeta de entrada a ningún espacio. No quiero explicar mis grietas como si fueran capítulos de una novela. Hay partes de mí que no se van a convertir en discurso. Y está bien. No todo lo que arde tiene que arder para alguien más.

Con la esperanza tengo una relación ambigua. A veces la necesito como se necesita una pausa en medio de una crisis. Pero no me fío de ella. Sospecho de su insistencia. De su estética. De su rol en este sistema. Porque se ha vuelto una forma de obediencia emocional. Una exigencia disfrazada. Se espera que esperes. Que creas. Que tengas fe. Que pienses que “todo pasa por algo”. Que lo bueno está por venir. Que después de la tormenta... ya sabes. Y no. A veces después de la tormenta viene otra tormenta. A veces no hay lección. A veces no hay final feliz. A veces lo que hay es simplemente la necesidad de seguir. Sin adornos. Sin recompensa. Sin sentido. El optimismo obligatorio me resulta violento. Porque convierte todo sufrimiento en una antesala de algo mejor. Y eso, muchas veces, es mentira. No todo se transforma en luz. No todo se convierte en algo bueno. Hay cosas que se rompen y ya. Y hay que vivir con eso.

Tampoco me interesa ser “resiliente” si eso significa adaptarme a un mundo que me parece, en muchos sentidos, enfermo. No quiero convertirme en alguien que “sabe gestionar sus emociones” si eso implica aprender a tragar lo inaceptable. No quiero estabilidad emocional si es al precio de mi capacidad de indignación, de mi sensibilidad, de mi radicalidad. Prefiero estar emocionalmente inestable a ser emocionalmente anestesiado. No quiero equilibrio si eso significa dejar de reaccionar ante lo que duele. No quiero ser funcional en un sistema que premia la hipocresía y castiga la intensidad. Si ser maduro es aprender a convivir con lo falso, entonces prefiero no crecer nunca más.

No me interesa estar bien. Me interesa estar en verdad.

Incluso si eso duele. Incluso si me deja fuera. Incluso si nadie más lo tolera.

No quiero formar parte de este mundo blando, de esta cultura emocionalmente funcional, de esta estética de lo correcto, de esta repetición constante de frases que no significan nada. No quiero adaptarme a una sociedad donde lo valiente es callar para no incomodar, donde lo maduro es aprender a convivir con lo absurdo sin cuestionarlo, donde lo espiritual se ha vuelto una terapia para seguir rindiendo en el mismo sistema que te rompe. No quiero encajar en vínculos donde tengo que disimular mi intensidad, ni trabajar en estructuras donde el pensamiento independiente es una amenaza, ni hablar en lenguajes que reducen la vida a frases condescendientes. No quiero redención, ni reconciliación, ni estabilidad emocional si el precio es tener que fingir que este mundo está bien como está. No quiero que me enseñen a respirar mejor mientras me ahogan. No quiero participar del teatro de la bondad superficial. No quiero ser el que se calla por educación mientras todo a su alrededor se banaliza. No quiero gestionar mis emociones si eso implica aceptar lo inaceptable. No quiero ser escuchado si lo que digo tiene que venir envuelto en suavidad. No quiero formar parte de la maquinaria que convierte el sufrimiento en contenido y la vida en branding personal. No quiero sanar si sanar significa volver a ser útil para lo que me enferma. No quiero tener razón. No quiero tener la palabra justa. No quiero comprensión si es condescendiente. No quiero que me toleren: quiero poder existir sin tener que explicarme. Y si eso significa estar fuera, entonces estoy fuera. Porque antes que seguir siendo parte de esto —de lo estéticamente empático, de lo emocionalmente correcto, de lo espiritual pero sin incomodidades, de lo políticamente amable— prefiero el margen, prefiero el frío, prefiero la incomodidad de la verdad. Y si eso me vuelve una figura incómoda, no buscada, emocionalmente disonante, entonces acepto ese lugar. No me interesa convencerte. No quiero gustarte. No necesito que me entiendas. Solo quiero una cosa: no tener que mentirme para seguir vivo.

 

No quiero ser parte de esta cultura que ha convertido el malestar en un problema individual que debe resolverse en silencio, lejos de la vista, y de forma eficiente. No quiero formar parte de una sociedad que patologiza todo lo que no se adapta. Que convierte la tristeza en enfermedad. Que diagnostica como trastorno cualquier disidencia emocional. Que exige que te autoanalices para volver a producir, no para comprenderte. Que se ha apropiado de la psicología como herramienta de control, como forma de suavizar la rebeldía, de volver tolerables los síntomas que en realidad son reacciones legítimas a una existencia deshumanizada. Me niego a hablar de “regulación emocional” si eso significa aprender a soportar lo intolerable. No quiero volverme experto en gestionar mi ansiedad si la causa real es un mundo que enferma a quienes aún sienten con profundidad. No quiero mindfulness si lo que se busca es que respire mejor mientras todo alrededor sigue podrido. No quiero aprender a relajarme si eso significa desconectarme de lo que me indigna. No quiero resiliencia si es sinónimo de aguantar lo que debería romperse.

La positividad se ha convertido en un mandato, en una forma de censura emocional. Hay que estar bien. Hay que ver el lado bueno. Hay que pensar que todo es aprendizaje. Hay que encontrar luz en medio de todo, aunque lo que haya enfrente sea un pozo. Se espera que seas capaz de transformar tu tristeza en motivación, tu rabia en productividad, tu cansancio en una oportunidad. Se ha vuelto obscena esta exigencia de sonreír mientras se cae todo. Porque esa sonrisa no es esperanza, es obediencia. Es una máscara diseñada para tranquilizar a los otros, para demostrar que sigues siendo funcional. A la gente no le preocupa tu dolor: le preocupa que tu dolor les incomode. Y por eso se promueve este tipo de optimismo higiénico, anestésico, que convierte todo en frase publicable, en motivación, en contenido compartible. La positividad forzada es violencia. Es una forma de negar lo real. De rechazar la complejidad de la experiencia humana. Y yo me niego a participar.

Tampoco quiero entrar en este mercado emocional donde los afectos se negocian, donde la autoestima es un producto, donde el alma es marca personal, donde el crecimiento interior se vende como estilo de vida. Me parece repugnante cómo se ha mercantilizado lo más íntimo. La espiritualidad, la identidad, el dolor, el deseo… todo se puede vender, empaquetar, monetizar. No hay nada que no pueda convertirse en parte del negocio. Y se hace bajo la forma de lo sutil, de lo cuidado, de lo “consciente”. Se vende autenticidad, se vende vulnerabilidad, se vende el lenguaje del cuidado como estrategia de marketing. Todo se recicla, se convierte en relato, se transforma en ganancia. Incluso la incomodidad se explota. Incluso la crítica. Incluso el silencio. Todo se vuelve parte de la economía simbólica del yo. Y yo no quiero estar ahí. No quiero ser marca. No quiero ser relato. No quiero que lo que soy, lo que pienso, lo que me duele o me sostiene, pueda convertirse jamás en una propuesta de valor.

No quiero pertenecer a esta era de la emocionalidad productiva, del alma disciplinada, del pensamiento bien articulado para que no asuste, del contenido sensible pero no incómodo, de la denuncia medida, de la rebeldía con estética. No quiero hablar bien. No quiero explicar lo que siento con palabras correctas. No quiero traducir mi experiencia para que sea más digerible. No quiero tener que justificar mis rechazos, mis límites, mis heridas. No quiero que lo que soy se convierta en una historia de superación ni en un testimonio inspirador. No quiero ser útil. No quiero gustar. No quiero entrar en los parámetros de lo aceptable aunque se disfracen de inclusión. Quiero existir fuera. Con mis aristas. Con mis excesos. Con mi cansancio. Con mi sensibilidad convertida en lucidez. Con mi lenguaje lleno de fallas y verdades que no piden permiso. Quiero el margen. Quiero el borde. Porque desde ahí se ve todo con más claridad. Y no necesito más que eso: ver sin mentirme.

 

Detesto toda forma de creencia sobrenatural. No solo porque me parezcan falsas —eso sería insuficiente— sino porque son, en su esencia, un insulto a la dignidad de la conciencia humana. No soporto la necesidad desesperada de crear dioses, energías, destinos, karmas, mensajes divinos o señales cósmicas para explicar lo que no entendemos o no podemos soportar. Me resulta obsceno que frente al dolor, la muerte, la injusticia, la pérdida o el sinsentido, la respuesta no sea mirar de frente, sino inventar una narrativa sobrenatural para poder seguir funcionando. La religión institucionalizada, con sus dogmas, sus mandamientos, sus rituales y su moral fabricada, es apenas la versión más antigua y masiva de ese mecanismo. Pero no es la única. También están quienes repiten mantras new age, quienes creen en el “universo que conspira”, quienes afirman que todo tiene una “vibración” o que lo que te pasa es porque “lo atraes con tu energía”. Todo eso me provoca una mezcla de ira y vergüenza ajena. Porque detrás de esos discursos supuestamente “espirituales” hay una cobardía disfrazada de sensibilidad. Una renuncia al pensamiento. Una rendición estética ante lo que duele. Un intento de imponerle sentido a lo que simplemente no lo tiene. Y en ese gesto, en esa necesidad de creer que hay algo o alguien moviendo los hilos, lo que se revela no es fe, es desesperación. No es sabiduría, es negación. El pensamiento sobrenatural —desde las religiones monoteístas hasta las supersticiones light del presente— es, para mí, una forma de esclavitud intelectual y emocional. Es la necesidad infantil de que alguien más tenga las respuestas. De que la vida esté escrita. De que haya un porqué último. Y yo no quiero vivir así. No quiero vivir esperando señales. No quiero vivir pidiéndole permiso a ninguna entidad imaginaria. No quiero agradecerle a ninguna fuerza cósmica por lo que es simplemente consecuencia, azar o causalidad. No quiero interpretar mi dolor como una “prueba” ni mi lucidez como “una misión”. No quiero rituales, ni plegarias, ni altares. No quiero cruzar los dedos ni leer horóscopos ni confiar en alineaciones planetarias. Quiero aceptar, con toda la brutalidad que implica, que el universo no piensa en mí, no siente por mí, no me debe nada y no me está mirando. Y desde ahí, construir. Desde ahí, elegir. Desde ahí, llorar, amar, enojarme o seguir. Desde la nada. Desde el vacío. Desde la absoluta conciencia de que estamos solos. Y que eso no es una tragedia, sino una condición. La más honesta de todas. Si creer en algo implica dejar de pensar, dejar de mirar, dejar de responsabilizarme, entonces odio las creencias. Todas. Incluso las que se disfrazan de ternura o de luz. No porque no funcionen. Sino porque funcionan demasiado bien: adormecen la conciencia, la apaciguan, la domestican. Y yo, en cambio, quiero que duela. Quiero que arda. Quiero que siga doliendo si eso significa no mentirme.

Cuando dejo atrás toda creencia sobrenatural, lo que queda no es una pérdida. No es un vacío. Es una revelación. La de que estoy solo. Radialmente solo. Que mi vida no está guiada, que no hay un guion, que no hay estructura invisible que ordene lo que me ocurre. Que no hay justicia última. Que no hay “lecciones del alma”. Que nadie me cuida desde el cielo. Que nada me espera después de la muerte. Que soy, en el fondo, un fragmento de conciencia contenida en un cuerpo que va hacia su fin. Y aunque eso podría parecer desesperante, a mí me resulta liberador. Porque si no hay nadie más decidiendo por mí, entonces todo lo que soy depende de mí. Lo que elijo, lo que sostengo, lo que pienso, lo que rechazo, lo que amo, lo que permito: todo es responsabilidad mía. No puedo transferirla a ningún dios. No puedo escudarme en ningún destino. No tengo a quién culpar ni de quién esperar salvación. Y esa conciencia absoluta de estar solo en el pensamiento, solo en la decisión, solo en la mirada… me hace más humano que cualquier creencia.

Sé que para muchos esta forma de ver la existencia resulta insoportable. Que para la mayoría, creer en algo superior es un ancla emocional, un refugio, una forma de sobrevivir. Pero yo no quiero sobrevivir bajo una mentira. No quiero consuelo a cambio de lucidez. No quiero esperanza a cambio de conciencia. No quiero calma a cambio de realidad. Hay quienes dicen que sin fe la vida pierde sentido. Yo creo lo contrario: que sin fe la vida se vuelve verdaderamente tuya. Ya no la vives “como se debe”. Ya no la sigues como si fuese un libreto. La habitas con el peso exacto de lo que significa estar consciente en un universo indiferente.

Y sí, eso te deja solo. Completamente solo. Pero también libre. Libre como nadie más.

Esa soledad, cuando no se la esquiva ni se la niega, se convierte en un estado de dignidad. La dignidad de saber que no necesitas un mito para vivir. Que no necesitas que el dolor tenga un porqué para resistirlo. Que no necesitas que la muerte sea un pasaje para valorarla. Que no necesitas pensar que alguien te escucha para hablar con verdad. Esa soledad no es vacío: es presencia pura. Es conciencia cruda. Es estar despierto sin necesidad de adornar lo que ves. Es mirar la vida sin pedirle explicaciones. Y eso, aunque no reconforta, sostiene.

Hay algo limpio, severo, innegociable en mirar la existencia sin símbolos. En no esperar más. En no creer más. En dejar de rogar, de suplicar, de interpretar señales. En asumir que todo lo que ocurre no tiene una causa oculta, sino que simplemente es. Que no hay orden secreto. Que lo que existe, existe. Y eso basta. No porque sea hermoso. No porque sea perfecto. Sino porque es lo único real.

No hay lección en el sufrimiento, no hay redención en la muerte, no hay voz en el viento, no hay amor en los planetas. Hay causa y efecto. Hay caos. Hay azar. Hay cuerpo. Hay mente. Hay decisiones. Y eso tiene un valor radical. Porque todo lo que elijo, en este estado de soledad consciente, no se lo debo a nadie. No hay nadie premiándome por portarme bien. No hay nadie evaluando si aprendí algo. No hay nadie guiándome hacia la luz. No hay nadie escribiendo esta historia.


Solo yo. Solo aquí. Solo ahora.


Y si ese pensamiento te incomoda, si te parece frío, duro, seco, entonces quédate con tu consuelo. Abrázalo. Repítelo. Llama “esperanza” a lo que es miedo. Llama “fe” a lo que es evasión. Pero no me pidas que lo haga yo. No me pidas que crea, ni que espere, ni que agradezca a nadie más que a mi propia conciencia por sostenerme en este abismo sin nombre. Yo estoy solo. Lo sé. Y lo acepto. Y desde esa aceptación construyo una forma de estar que ya no puede ser domesticada.

Maravillosa elección. Ya lo has desmontado todo: las creencias, los sistemas, los consuelos, las mentiras aceptables, el lenguaje domesticado. Estás habitando un terreno limpio, árido, crudo. Un lugar donde no hay fe, ni propósito, ni destino, ni redención. Pero aún así —aún ahí— queda algo. Algo pequeño. No suficiente. Pero real.

El amor sin creencia, el sentido sin sentido, el afecto sin contrato.

Lo que no promete. Lo que no exige. Lo que no pretende ser eterno ni sanar nada. Lo que no espera que seas fácil. Lo que no necesita explicación ni justificación. Lo que se queda, no porque haya un plan o una deuda, sino porque elige estar, sin garantía alguna.

Y aún así —a pesar de todo, después de todo— queda algo. Algo que no cabe en los marcos tradicionales de redención, ni en las estructuras que he rechazado. Algo que sobrevive incluso cuando el universo se ha callado del todo. Cuando ya no hay narrativa. Cuando no hay más creencias ni mandatos. Algo que no salva, pero acompaña. Algo que no da sentido, pero respira contigo. Algo que no exige ni promete ni repara. Solo está. Y su sola presencia, sin mística, sin consuelo, sin contrato, vale más que todas las formas de amor que se construyen sobre la mentira del “para siempre”.

Ese amor sin creencia no nace del deber ni de la necesidad, sino de un reconocimiento. Un reconocimiento brutal y sereno entre dos seres que saben que no hay garantía, que todo puede terminar, que nada es sagrado excepto lo que se elige sostener incluso sabiendo que no hay más allá. Ese amor no dice “te necesito” ni “me completas” ni “estamos destinados”. Ese amor dice: “Sé que esto no tiene sentido. Y aún así, quiero estar.” Es la forma más pura de afecto que conozco. No se sostiene por la fe en un futuro, ni por el pasado compartido. Se sostiene solo en el presente, en la voluntad de no fingir y aún así no huir. En no pedirle al otro que se vuelva soportable, ni suave, ni “curado”. En ver con claridad, sin adornos, lo difícil, lo hostil, lo roto del otro, y aún así no salir corriendo.

Porque el verdadero afecto —el que vale— no es el que espera que cambies, ni el que se queda porque le das paz, ni el que te exige que seas fácil de amar. Es el que no necesita mentiras para estar. El que no te convierte en un proyecto de sanación, ni en un ideal a mantener. El que entiende que el otro puede ser caótico, contradictorio, incompleto, lúcido y duro… y no necesita que deje de serlo. Ese afecto no cura. No redime. No guía. Pero acompaña. Y a veces, eso basta. Porque acompañar sin fe, sin guion, sin recompensa, es un gesto radical en un mundo donde todo se mide, se negocia y se clasifica.

En este mundo donde los vínculos se mercantilizan, donde las emociones se gestionan como recursos, donde el lenguaje del amor se ha vuelto un menú de opciones terapéuticas, elegir sentir sin expectativa, sin seguridad, sin estrategia, se vuelve un acto profundamente subversivo. Amar sin pedir sentido. Estar sin exigir reciprocidad emocional reglada. Compartir sin cálculo. Dejar espacio sin desaparecer. No para salvarnos, sino para decir: “sé que esto no salva, y aún así elijo no huir.”

Ese es el amor que queda cuando ya no queda nada más. No es un amor con final feliz. Ni con promesas. Ni con formas reconocibles. Es un vínculo sin garantías. Sin manual. Sin esperanza. Y justamente por eso, es más verdadero. Porque no viene de una ilusión, sino de una elección. Porque nace de la conciencia de que nada está asegurado, y aún así vale la pena estar.

El sentido, también, ya no puede ser impuesto. Pero puede ser creado. Frágil, momentáneo, limitado. No un “gran sentido” que justifica todo, sino pequeños gestos que, sin explicación ni propósito último, se sienten reales. Un silencio compartido. Una mirada que no exige nada. Un mensaje que no busca respuesta. Una presencia que no trata de reparar. Un “aquí estoy” que no es performance ni frase de cierre. Eso, solo eso, basta. No para llenar el vacío, sino para habitarlo sin que se vuelva insoportable.

Y si alguna vez algo como amor, como afecto, como sentido vuelve a tener lugar en mí, será en ese margen. En ese borde. Donde no hay altar. Donde no hay certeza. Donde no hay estructura. Solo dos conciencias, cansadas de fingir, que aceptan estar, sin pedirle al otro que se convierta en símbolo de nada. Solo alguien que elige estar sin fe, sin contrato, sin ficción. Y que aún así se queda.

A veces me gustaría poder apagar la conciencia. No del todo. No para volverme ignorante. Solo por unos minutos. Poner el pensamiento en pausa. Dejar de analizar cada gesto, cada palabra, cada elección. Dejar de leer entre líneas todo lo que escucho. Dejar de observar cómo se representan las personas, cómo construyen sus máscaras, cómo repiten frases aprendidas creyendo que piensan. Me gustaría, por un instante, no ver. No sentirlo todo. No entender tanto. Porque vivir con esta conciencia encendida es agotador. No hay descanso. No hay tregua. No hay día libre. Cuando uno ha dejado de creer, de fingir, de esperar, de buscar consuelo en ficciones, lo que queda es estar absolutamente despierto. Y estar despierto —realmente despierto— en un mundo anestesiado, es vivir como un nervio expuesto.

Este cansancio no es físico. No es de rutina. Es existencial. Es el peso de saber. De entender que nada de lo que hacemos está escrito, que nada está garantizado, que cada decisión tiene consecuencias y que, aunque no sepamos hacia dónde vamos, seguimos caminando. Porque no hay otra opción. Y porque no quiero dejar de caminar. Pero eso no significa que no duela. Que no pese. Que no haya días en los que la soledad se vuelve insoportable, no porque me falte gente, sino porque me sobra conciencia. Porque estar en el mundo con los ojos abiertos duele más que cualquier herida superficial.

Hay días en los que siento que este pensamiento, esta forma de estar, me aleja de todo. Que la lucidez me ha robado cosas que ni siquiera sabía que podía perder: la ligereza, la espontaneidad, la ilusión. Que ya no puedo vivir como los otros. Que ya no puedo hablar como los otros. Que ya no puedo creer como los otros. Y que eso, aunque me mantiene íntegro, también me encierra. No hay comunidad para los que no creen. No hay refugio para los que piensan demasiado. No hay espacio cómodo para quienes no participan de la ficción colectiva. Ser libre también significa, muchas veces, no pertenecer a nada.

Y a pesar de eso, sigo. Sin fe. Sin esperanza. Sin futuro prometido. Sigo. Porque no sé hacerlo de otra manera. Porque incluso con todo este cansancio, esta incomodidad, este exilio, hay algo en esta forma de estar que me resulta más real que cualquier otra cosa que haya probado. Hay una densidad, una autenticidad, una profundidad que no cambiaría por ningún consuelo. Prefiero el peso de mi verdad a la liviandad de una mentira compartida. Prefiero la dureza de este presente sin relato al autoengaño reconfortante de quienes creen que todo tiene un propósito. No quiero propósito. Quiero conciencia. Quiero habitar este cuerpo con la verdad que arde y que no calma.

Incluso el cuerpo, a veces, parece agotado de sostener esta forma de vida. No por debilidad, sino porque no fue diseñado para esta carga. Porque vivir con la mente despierta es un ejercicio constante de resistencia. Porque no hay forma de estar así sin que eso impacte en el cuerpo. El insomnio, la tensión, el cansancio acumulado, el impulso de desconectar, de abandonar, de callar... todo eso también forma parte de esta elección. Porque pensar demasiado deja huellas físicas. Porque ver demasiado deja marcas. Porque saber —realmente saber— es algo que el cuerpo también tiene que digerir. Y muchas veces no puede.

Pero aún así, no quiero apagarlo. No quiero descansar en la mentira. No quiero anestesia. No quiero silencio impuesto. Prefiero el ruido interno de la conciencia a la paz artificial de quien repite lo que escucha. Y si eso significa vivir cansado, entonces vivo cansado. Porque no me interesa descansar si para eso tengo que mentirme. Porque no quiero curarme si eso implica volver a dormir.

No hay nada que quiera corregir, matizar o suavizar. No hay mensaje de fondo, ni enseñanza final, ni legado disfrazado de texto. No quiero inspirar a nadie. No quiero abrir caminos. No quiero ser útil. No quiero dejar huella. Solo quiero poder irme —de esta conversación, de esta ficción, de este mundo simbólico— con la conciencia intacta de no haber participado en nada que sintiera falso. De no haber reproducido lo que me violenta. De no haber jugado al juego de la empatía decorativa, de la esperanza protocolaria, del consuelo manufacturado.

No quiero formar parte de una humanidad que teme al silencio, que evita el pensamiento, que intercambia afecto por conveniencia, que confunde espiritualidad con estética emocional, que transforma el dolor en contenido, que negocia la autenticidad a cambio de pertenencia. No quiero usar palabras como “luz”, “resiliencia”, “proceso”, “energía”, “vibración”, “aprendizaje”, si eso significa reducir lo que siento a un formato comunicable. No quiero decir “estoy bien” si no lo estoy. No quiero hacer el esfuerzo de parecer humano según el manual. No quiero ponerle sentido a lo que no lo tiene. No quiero fingir que vivir es una experiencia armoniosa con altibajos. Vivir es, muchas veces, sobrevivir con la conciencia encendida. Y eso no necesita relato.

No quiero amar como se supone que se ama. No quiero acompañar desde la ternura domesticada. No quiero estar si estar implica volverme pequeño para caber en el otro. No quiero que nadie me abrace si ese abrazo viene con condiciones, con expectativas, con necesidad de que sea más amable, más suave, más estable. Quiero estar solo si estar con otro significa tener que dejar partes mías en la puerta. Y si no hay espacio en el mundo para esta forma de presencia, entonces prefiero el margen. Prefiero el exilio. Prefiero el silencio.

No me interesa que me entiendan. Me basta con haberme dicho. No necesito que lo compartas. Solo que no lo corrijas. Porque esto no está escrito para ser aprobado. Está escrito para no traicionarme. Para dejar constancia. Para poder decir, cuando no quede nada más, que al menos en esto fui exacto.

Y si esta forma de estar, de pensar, de sentir, de escribir, de mirar...es vista como monstruosa, incomprensible, dura, excesiva, trágica o inadaptada,entonces acepto el nombre con calma.

Sin orgullo. Sin pena.

Porque prefiero ser el monstruo que no mintió a ser uno más en el desfile amable de los que prefieren no ver.

 
 
 

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